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Tengo una particular teoría. Las cosas valiosas deben tener al menos un doble punto de visión, han de ser diferentes si se ven de lejos o si se ven de cerca. En cada una de las escalas, en la corta distancia y en la larga, han de transmitir un contenido propio. Las más valiosas serían aquellas que a cada distancia aportaran un matiz, una riqueza.

En ese sentido, todo aquello que necesita ser visto desde un punto determinado y a una distancia determinada, es mero artificio sin sustancia. Algo sujeto por las apariencias.

La lógica del mercado incita a colocar nuestro trabajo a ojos de quien lo hace más rentable y confundimos el valor de nuestra tarea con el mejor precio a obtener. Desnaturalizamos nuestra labor vaciándola de su valor intrínseco que no es otro que nuestra persona. Diría que cada gramo de nuestra personalidad es una semilla, tanto más potente cuanto más fructífera sea en cualquier campo, árido o fértil. 

El desarrollo profesional va más allá de la consecución de productos que vender. Es una posibilidad más para dibujar el mundo con nuestra huella. La escultora Cristina Iglesias lo dice así: “Creo un pabellón y sus paredes entretejidas pueden ser sólo un dibujo geométrico. Pero desde el principio pensé que ese dibujo fuera un texto, una narrativa, similar a un jeroglífico. Es un dibujo, pero me interesa la mirada que lo ve de lejos y la mirada que lo acerca. Cuando te acercas se te abren diferentes puertas. La mirada lejana es un dibujo geométrico; mucha gente no verá el texto, pero está ahí y forma la estructura de la escultura. Es su columna vertebral. Una escultura es un camino y un tiempo, el que se requiere para recorrerla y pensar sin necesidad de descifrarla del todo…”

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